El día que el bus nos dejó en Lille (y se llevó todas nuestras maletas)
He viajado mucho. Muchos países, muchos medios de transporte, muchas situaciones inesperadas. Bus, tren, metro, ferry, avión. De todo. Y nunca, en todos esos años viajando, me había dejado un bus.
Hasta ahora.

¡Te cuento! Íbamos de París a Brujas. El trayecto lo hacíamos con Flixbus, la empresa de bus con la que hicimos toda la ruta del viaje por Europa. En algún punto entre las dos ciudades, el bus hace una parada en Lille, una ciudad francesa cerca de la frontera con Bélgica.
El conductor anunció 45 minutos de parada. Yo me acerqué y le pregunté directamente: ¿45 minutos? Sí, 45 minutos, confirmó.
Como era mucho tiempo, bajamos a comer algo y a buscar un baño. Volvimos faltando cinco minutos para que se cumpliera el tiempo. Pero resulta que el bus ya no estaba. El señor había salido, al parecer, diez minutos antes de lo que dijo. Se fue. Con nuestras maletas dentro.
En ese momento se mezclan muchas cosas: la incredulidad, el pánico contenido, el instinto de buscar soluciones antes de derrumbarte. Mi madre, mi prima y yo nos quedamos en una ciudad que no conocíamos, sin equipaje, sin saber exactamente qué hacer.
El señor de la calle que hablaba español perfecto
En medio del caos apareció alguien inesperado: un hombre que estaba en la parada. Alto, simpático, con una presencia tranquila que desentonaba con nuestra agitación.
Y lo mejor, hablaba español con una fluidez que nos dejó a las tres con la boca abierta.
Resultó ser un gran conversador, con historias de viajes por el mundo viviendo en la calle, de personas interesantes que había conocido en cada parada. Mientras nosotras intentábamos procesar lo que acababa de pasar, él nos ayudó a preguntar a otros conductores, nos dio ideas de lo que podíamos hacer y al final nos orientó y nos acompañó mientras esperábamos el siguiente bus que nos llevara a Brujas.
A veces la ayuda llega de donde menos la esperas.

Qué hicimos mientras esperábamos
Lo primero fue comprar los tiquetes para el siguiente bus. Eso era urgente, porque los precios de Flixbus suben según la demanda y no podíamos permitirnos quedarnos sin plaza ni pagar mucho más, pues ya teníamos el hostal pago en Brujas y no podíamos permitirnos quedarnos en otro lugar. Así que con los tiquetes asegurados, nos dedicamos a esperar tres horas y a intentar localizar las maletas.
Flixbus tiene un número de atención al cliente. Que a las seis de la tarde, hora europea, ya estaba cerrado. En toda Europa. Sin excepción. ¡Impresionante eso!
Así que la otra opción era un formulario de reclamación. Encontrarlo fue toda una odisea, lo localicé justo cuando ya estábamos subiendo al siguiente bus. Lo llenamos y ahora lo que tocaba era esperar que respondieran.
Lo bueno, si es que había algo bueno en todo eso: llevábamos los bolsos a mano.
Allí teníamos los pasaportes, dinero, pasaportes, móviles, todo lo importante estaba con nosotras. Yo además tenía mi maletín con el ordenador, los cargadores y una muda de ropa extra que había metido casi sin querer. Mi madre y mi prima no tenían más ropa que la que llevaban puesta.
En las tres maletas que se fue el bus estaba toda nuestra ropa. La de un mes de viaje.

La decisión
Llegamos a Brujas casi a las diez de la noche, con horas de retraso, cansadas y con la pregunta flotando entre las tres: ¿seguimos o nos volvemos?
Cancelar el viaje significaba perder todo lo reservado. Meses de planificación, ilusión acumulada y dinero no recuperable. Seguir significaba comprar ropa en cada ciudad, improvisar, adaptarse. Al final, decidimos seguir.
No porque fuera fácil. Sino porque ya estábamos ahí, y porque después de todo lo que habíamos organizado para hacer ese viaje, no íbamos a dejarnos vencer por unas maletas.

Lo que pasó con el equipaje
Un mes después de terminar el viaje, Flixbus me escribió un correo. Lo lamentaban mucho, decían. Las maletas no habían aparecido.
Nunca aparecieron.
Es una de esas cosas que, con el tiempo, se convierte en anécdota. En ese momento fue un golpe duro. Pero lo que siguió después, Brujas, Ámsterdam, Berlín, Praga, Viena, Budapest, Venecia y Roma, todo eso pasó igualmente. Con ropa comprada de urgencia, con menos de lo que teníamos planeado, pero pasó.
Y si algo aprendí de todo esto, es que un viaje no lo hacen las maletas.
Consejos prácticos si te pasa algo así
Porque puede pasarle a cualquiera, y más si viajas en bus por Europa:
- Nunca dejes objetos irremplazables en la bodega. Documentos, dinero, medicamentos, ordenador, cámara: todo contigo en el asiento y siempre que bajes lo llevas contigo.
- Guarda el formulario de reclamación de Flixbus antes de que lo necesites. Encontrarlo en medio del estrés es una pesadilla.
- Compra los tiquetes del siguiente transporte lo antes posible. Los precios suben y no puedes quedarte sin opciones.
- Si el conductor dice 45 minutos. No te fíes de los tiempos anunciados. Quédate cerca del bus siempre.
- Respira. El caos inicial pasa. Las soluciones aparecen, aunque no sean las que esperabas.
En el siguiente artículo te cuento cómo fue Brujas sin maletas. Cómo nos reabastecimos de lo básico y qué tiene esta ciudad belga que, a pesar de todo, nos robó el corazón.

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