Me encantan los osos y, cuando te digo osos, no me refiero (únicamente) a esos bellos úrsidos de carne, hueso y dientes afilados. Me refiero a los peluches, porque sí, me gustan un montón. No lo puedo negar.
A la final siempre me delato de una u otra manera y por más que puedo vivir sin mi reno (que le llamo oso) y el cual tengo encerrado en una maleta desde hace un año, no puedo negar la alegría que sentí cuando lo vi hace poco.

Mi Oso Bundi
Este es mi nuevo compañero de viaje mi oso Bundi

Es verdad que llevo tiempo trabajando el apego a las cosas materiales o mejor el desapego a ellas y me ha ido bien la verdad.
Así y todo me encantan los muñecos. Aunque confieso que no soy de comprar, soy de rescatar o de recibirlos como regalo.

Mi último oso rescatado

El búho que hoy me acompaña en los viajes (que para mí también es un oso), lo rescaté de ser botado a la basura por una chica que es fanática de los peluches de angry birds. Sí, esos bichitos redondos que se han vuelto súper famosos en los juegos de dispositivos móviles y como este pobre búho no cuajaba bien con sus peluches pues pensaba botarlo.
Al ver tremenda injusticia, no tuve otra opción que rescatarlo y salvarlo de un trágico futuro y al ser tan pequeño y cómodo es ideal, porque no solamente es un muñeco de compañía, sino también como cojín (almohada).
Aunque eso sí, sería mejor si fuera como los cojines que tiene mi amiga Ewa que sirven hasta como calentadores. Eso es buscarle una funcionalidad bastante útil a estos muñecos. Una que tal vez me animaría al fin a comprar uno, si te digo la verdad 🙂
Pues bien, esa es mi confesión del día y si lo has notado, tengo un problema, llamo osos a todos los muñecos, sin importar qué sean.
El motivo es que todo lo que sea en peluche para mí es un oso. Lo sé soy rara.
Feliz viernes 🙂

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