Todos tenemos en nuestros genes el don de la crítica, por más que digamos que “mejor no opinamos”, “que a veces es mejor no decir nada para no irla a embarrar”, en algún momento criticamos, ya sea porque un amigo o familiar nos ha pedido una opinión o sencillamente porque siempre tenemos que decir la última palabra respecto a algo.
Según la RAE criticar significa: “Juzgar de las cosas, fundándose en los principios de la ciencia o en las reglas del arte.” O “Censurar, notar, vituperar las acciones o conducta de alguien.” Esto último da una connotación negativa, por ello cuando dices “no me critiques” es porque dicha crítica no te gusta porque es negativa, aunque yo soy del pensamiento que no todas las criticas son malas y que por el contrario si sabemos asumirlas y sacar lo mejor de ellas, las críticas pueden ser una ayuda bastante buena en nuestra vida.
Personalmente, me gusta dar mi punto de vista frente a ciertas cosas, sobre todo aquellas de las cuales tengo algo de experiencia. No soy buena opinando sobre cosas que no conozco, aunque también es cierto que a veces uno terminan criticando algo porque sencillamente no le gusta o le gusta mucho. Sin embargo, cuando hablamos de criticas constructivas nos referimos a esos comentarios que damos frente a algo, alguien o una situación en particular de manera positiva y propositiva, por más negativa que sea. Se convierten en destructivas cuando lo hacemos con una intención egoísta, hipócrita, interesada. Para mi, ahí es donde las críticas dejan de ser buenas y se convierten en algo malo y perjudicial para la otra u otras personas y para uno mismo.

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