Dresde: la ciudad que casi no visito y que me enamoró por completo
Dresde fue una grata sorpresa. Sin embargo, hubo un momento, mientras planificaba este viaje, que elegí esta ciudad en el camino por dos razones 1) porque dos personas me dijeron que no me iba a gustar Berlín y 2) porque quedaba de paso hacia Praga.
La duda empezó a pocos días de empezar el viaje. Revisé nuevamente el itinerario y estuve a punto de eliminar Dresde de nuestro recorrido. ¿Para qué parar un día en una ciudad desconocida cuando podíamos aprovechar ese tiempo en el siguiente destino? Así y todo lo dejé.



Luego, durante el viaje, estando en Berlín y disfrutándola de la manera en que lo hicimos, tuve dudas y volví a pensar en sacarlo del itinerario, pero mi madre me dijo «si lo pusiste fue por algo, no cambiemos nada. Al fin y al cabo te demoraste mucho planeando todo». Y es verdad, hice la ruta de viaje con mucha antelación y preparación, no sé por qué dudaba tanto.
Y después de descubrir Dresde, menos mal que no quité esta parada del viaje, porque fue un descubrimiento maravilloso



Una parada que nació de la curiosidad
De Berlín a Dresde son tres horas y media en bus. Cogimos el Flixbus a las nueve de la mañana desde la misma estación donde habíamos llegado días antes.
Era un bus de dos pisos y reservé los asientos con mesa en la parte de abajo, porque tenía ganas de probarlos y además, quería trabajar durante el trayecto. Y así fue: teclado, bebida calientita y Alemania pasando por la ventana. Un trayecto tranquilo y bien aprovechado.
La razón de parar en Dresde era sencilla: mucha gente me había dicho que Berlín era demasiado intensa, demasiado grande y que seguro no me iba a gustar mucho. Además, todos aseguraban que Alemania tenía mucho más que ofrecer.
Sin embargo, Berlín me había encantado, así que con Dresde las expectativas eran altas. Llegamos a las once de la mañana con once horas por delante antes del bus nocturno hacia Praga.
Once horas que resultaron ser pocas. Si te soy honesta.

Fachadas negras y una historia que duele
Lo primero que llama la atención en Dresde es el color de los edificios. O mejor dicho, la falta de color. Hay fachadas negras por todas partes: iglesias, palacios, edificios históricos con esa oscuridad que no es suciedad sino memoria.
Dresde fue bombardeada en febrero de 1945 por los aliados. El setenta por ciento de la ciudad quedó destruida. Lo que hace que ese dato sea especialmente duro es el momento en que ocurrió: la guerra estaba prácticamente terminada. El bombardeo fue innecesario en términos militares, y hay quienes apuntan a razones políticas detrás de la decisión.
El resultado fue la destrucción de una de las ciudades más hermosas de Europa.
Lo que ves hoy en Dresde es una reconstrucción de la ciudad. Casi todo lo que caminas fue levantado de nuevo en el último siglo, muchas de estas construcciones literalmente fueron reconstruidas con los restos de los edificios originales.
Esas fachadas negras son los fragmentos que sobrevivieron y que se integraron en las nuevas construcciones. Son cicatrices visibles que la ciudad no ha intentado esconder.
Viajar por Alemania nos enseñó más historia de la que vimos en años de colegio. En el colegio aprendimos lo básico y lo mínimo sobre la guerra. Aquí, caminando por estas ciudades, la historia se vuelve real y concreta de una manera que ningún libro logra del todo.

Recorriendo Dresde a pie
Dresde es una ciudad hecha para caminar. Lo digo sin exageración: las once horas que estuvimos allí las pasamos casi íntegramente a pie y no nos cansamos de encontrar cosas nuevas.
La Frauenkirche es el corazón de la ciudad y uno de los símbolos más poderosos de su reconstrucción. Esta iglesia barroca quedó completamente destruida en los bombardeos y sus ruinas se mantuvieron como memorial durante décadas.
La reconstrucción terminó en 2005 y hoy es una de las iglesias más impresionantes que he visto. Si te fijas en la fachada puedes distinguir las piedras originales, más oscuras, de las nuevas. La ciudad entera resumida en una sola fachada.
El Fürstenzug es otro de esos momentos que te detienen en seco. Es un mural enorme hecho de azulejos de porcelana que recorre la pared exterior de un palacio y representa la procesión de los príncipes de Sajonia a lo largo de los siglos.
Son 102 metros de longitud y más de 23.000 azulejos. Curiosamente, sobrevivió casi intacto a los bombardeos. De las pocas cosas que no destruyeron ese día.
El Schlossplatz y la Hofkirche, que vimos desde fuera, completan ese núcleo histórico que concentra siglos de arquitectura en pocos metros cuadrados. Y el Palacio Zwinger, con sus jardines y sus fachadas barrocas, es de esas construcciones que te hacen parar y mirar durante más tiempo del que tenías pensado, simplemente hermoso.



El río, los puentes y el mejor paseo del día
Una de las caminatas más bonitas del día fue cruzar el Puente de Augusto hacia la orilla del Elba. El parque que corre a lo largo del río es precioso, tranquilo, con ese aire de ciudad que sabe vivir cerca del agua.
Cruzamos un puente para llegar al otro lado, dimos una vuelta por el parque y volvimos cruzando el Puente de Augusto. Una caminata circular, sin prisa, dejándonos llevar por la vida de las personas que estaban allí haciendo ejercicio o disfrutando de un hermoso día de invierno con amigos o familia.
Esa pausa junto al río fue de las mejores del viaje.
A veces el turismo más memorable no está dentro de un museo sino en un parque, junto a un río, con buena compañía y sin ningún plan concreto.

La comida del quiosco y el centro comercial salvador
Comimos en una pequeña plaza que hay en las avenidas comerciales entre el centro histórico y la estación de bus.
En medio del camino nos encontramos varios centros comerciales grandes por esa zona, tiendas de todo tipo y mucha gente por allí. De hecho, entramos en uno de los centros comerciales para disfrutar del baño gratis, y fue justo en una de esas plazas donde encontramos un quiosco para comer algo local y caliente.
Porque sí, a medida que llegaba la noche hacía frío, pero de ese frío que se aguanta bien cuando estás en movimiento y con buena ropa.
La comida era sencilla y rica, de esas paradas para comer en un sitio en medio del tránsito que no tienen nombre pero que saben exactamente a lo que necesitas en ese momento.

Dresde nos conquistó a las tres
Berlín nos había sorprendido a cada una a su manera, con sus matices y sus diferencias de opinión.
Dresde fue diferente: nos conquistó a las tres por igual. A mi madre, a mi prima y a mí. Sin debate, sin matices. Una ciudad que te entra por los ojos desde el primer momento y que no te suelta.
Si pasas por Praga, Dresde está a dos horas en bus. Es una escapada que merece totalmente la pena. No la elimines del itinerario aunque tengas dudas. Yo estuve a punto de hacerlo y habría sido uno de los errores más grandes del viaje.



Si vas a Dresde, apunta esto
- La Frauenkirche es imprescindible. Fíjate en las piedras oscuras de la fachada: son las originales que sobrevivieron al bombardeo.
- El Fürstenzug es gratuito y está en la calle. 102 metros de mural en porcelana que sobrevivió intacto a la guerra.
- Cruza el Puente de Augusto y pasear por el parque junto al Elba. Es de los mejores momentos de la ciudad. Aprovecha para llevar algo para comer, el parque es inmenso y seguro encontrarás lugar para estar. Si te gusta montar en bicicleta, puedes alquilar una y hacer un buen recorrido justo al lado del Elba.
- Dresde se recorre perfectamente a pie. No necesitas transporte público para ver lo principal.
- Si llegas desde Praga o Berlín, puedes hacer una parada de un día sin alojamiento si organizas bien los horarios. Nosotras llegamos a las once y salimos en bus nocturno a las diez de la noche.




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