Amsterdam a pesar del frio

Ámsterdam: dormir en un tren, sobrevivir el frío y perderse (sin querer) por el Barrio Rojo

Cuatro horas de bus desde Brujas y llegamos a Ámsterdam. El bus nos dejó exactamente en el parqueadero de la estación de Sloterdijk, la cual nos recibió con ese caos ordenado que tienen las grandes estaciones europeas: gente por todas partes, letreros en varios idiomas, trenes entrando y saliendo.

Y en algún lugar entre todo ese movimiento, debíamos encontrar nuestro hostal que resultó ser un tren.


Train Lodge Amsterdam: dormir entre vagones

Es verdad que yo tenía conciencia de que el hostal era un tren, pero la verdad no lo esperaba tal cual. Aunque la reserva decía «Train Lodge Amsterdam» pensé que era un nombre creativo. No que era tan literal todo el espacio

El hotel está ubicado en una vía de tren antigua que ya no está en funcionamiento, justo al lado de la estación Sloterdijk. Los vagones originales se convirtieron en habitaciones, y el resultado es uno de esos alojamientos que no olvidarás aunque quieras.

Encontrarlo fue la primera aventura. El mapa nos decía que estábamos prácticamente enfrente, pero había que atravesar casi toda la estación y un par de puentes y todo para llegar. Cuando por fin lo localizamos y entramos, la sorpresa fue mayúscula.

El primer vagón hace de lobby: mesas, recepción, una pequeña barra, espacio para sentarse, trabajar o simplemente esperar. Es la zona social también que está habilitada todo el tiempo.

Hacia adelante y hacia atrás hay más vagones y en ellos están los baños y las habitaciones, que son pequeñas, porque son vagones de tren (recuerda eso), y eso definitivamente no va a cambiar por mucho que lo decores. Las habitaciones tienen tres literas, las ventanillas originales siguen ahí con sus persianas para cerrar en la noche y el espacio es bien pequeño. Los baños están adaptados con ducha separada y están fuera de la habitación, son compartidos.

A nosotras nos tocó cerca del vagón del fondo, el que tiene el baño más grande. Desde las ventanillas se veía por un lado edificios de oficinas y una calle, poco transitada y la vía activa del tren, porque justo ahí pasa un tren que sí funciona. Toda la noche. Lo curioso es que no molesta para dormir, o al menos a mí no me molestó. El sonido del tren pasando se vuelve casi parte del ambiente.

El aseo impecable, la atención excelente y el ambiente es muy agradable. Conocimos a otros viajeros en la zona del lobby y fue de esas experiencias que le dan personalidad a un viaje. Si vuelvo a Ámsterdam, repito sin dudarlo. Además, una cosa que olvidé mencionar es que el precio, para Ámsterdam está bastante bien, así que mejor aún.


El frío que no esperábamos

Sabíamos que iba a hacer frío, estábamos en invierno en Europa, era inevitable. Lo que no sabíamos era que iba a hacer ese frío, el tipo de frío que te congela la nariz en dos minutos y te hace entrar a cualquier tienda con la excusa de mirar algo para poder calentarte un poco.

Y encima íbamos sin maletas. La ropa térmica que traíamos para esta parte del viaje seguía dentro de los equipajes que se quedó el bus en Lille. Lo que habíamos comprado de urgencia en Brujas no era suficiente para Ámsterdam en invierno.

La solución llegó en forma de mercadillo.

Nos cayó fin de semana y resultó que el Albert Cuyp, considerado el mercadillo callejero más grande de Europa, estaba en pleno funcionamiento, así que fue uno de esos aciertos afortunados.

Este mercadillo está en el corazón del barrio De Pijp y abre de lunes a sábado de 9:30 a 17:00. Todas disfrutamos de un buen mercadillo como si fuera un plan de lujo, así que aquello fue un alivio y un placer al mismo tiempo. Con unos pocos euros conseguimos chaquetas, ropa térmica y algunas cosas más para aguantar lo que quedaba de viaje hacia el norte.

Este mercadillo lo tiene todo, precios buenísimos, ambiente animado, es grandísimo, tiene historia y comida de mercado que no tenía nada que envidiarle a ningún restaurante. Y ojo hay comida latina en el lugar, incluso colombiana.

Si vas a Ámsterdam, apunta el Albert Cuyp. En invierno o en verano, no te lo saltes, es genial. Además, está en una zona muy bonita de la ciudad.


La biblioteca que no sabíamos que necesitábamos

El tercer día, con las maletas guardadas en el hostal en consigna porque el checkout era antes que nuestro bus que salía casi a media noche, decidimos aprovechar cada hora que nos quedaba en Ámsterdam.

Fuimos a la OBA, la biblioteca pública central de Ámsterdam, y fue una de las mejores decisiones del viaje.

El edificio es enorme, con escaleras mecánicas que suben planta por planta, espacios de trabajo impecables, zonas de lectura, de estudio, de consulta. Justo cuando llegamos había algo parecido a una función de ópera o teatro en uno de los espacios internos: gente elegantísima, muy bien arreglada, mezclada con estudiantes con mochila y turistas despistadas como nosotras que claramente no éramos de allí.

La terraza con vistas a la ciudad, que dicen que es preciosa, estaba cerrada por ser invierno. Eso se queda pendiente para una próxima visita.

Lo que sí estaba abierto, maravillosamente abierto, era la calefacción. Después de horas caminando bajo ese frío, sentarse en un sitio cálido, limpio y tranquilo fue un lujo que no tiene precio. Los baños grandes, limpios y, lo mejor de todo, gratis completaron la experiencia. A veces el viaje necesita una pausa, y la biblioteca fue esa pausa perfecta.


El Barrio Rojo: lo que nadie te cuenta del día

Llegamos al Barrio Rojo de día, que según teníamos entendido era cuando menos acción había. Las tiendas de juguetes eróticos funcionaban y algunos establecimientos para adultos, pero los escaparates con mujeres estaban todos cerrados. Las vitrinas con cortinas, la calle tranquila, turistas paseando con cara de curiosidad. Nada del otro mundo.

Pero nos metimos por un callejón.

Y ahí estaban. Mujeres bailando, semidesnudas, al otro lado del cristal. De día, con frío, con el cielo gris de Ámsterdam de fondo. El choque fue instantáneo porque no nos lo esperábamos, íbamos caminando tranquilas y de repente, eso.

La reacción no fue de horror ni de escándalo. Fue más bien de… ¿esto es real? Tanto que volvimos a pasar una segunda vez para confirmar que habíamos visto lo que habíamos visto.

Al día siguiente, sin querer, queriendo y más de desubicadas que por otra cosa, volvimos a caer en la misma calle. Y vimos una mujer, en la misma postura, con la misma ropa. Idéntica a una que habíamos visto el día anterior, así que las tres nos miramos y preguntamos: ¿es un maniquí? ¿Es un vídeo en bucle? La risa fue inevitable.

Lo que más me llamó la atención del barrio rojo, viniendo de Latinoamérica donde este tipo de trabajo existe pero en condiciones muy distintas, es lo diferente que se ve aquí.

Las mujeres se ven bien cuidadas, sanas, en un espacio regulado, haciendo su trabajo como cualquier persona. Sin la violencia ni la marginalidad que uno asocia al tema en otros contextos. No es algo a lo que estés acostumbrada, pero tampoco es lo que te imaginas antes de verlo.


Ámsterdam en pocas palabras

Es una ciudad pequeña, manejable, llena de vida. La arquitectura de sus casas estrechas y altas es preciosa, los canales con sus puentecitos aparecen en cada esquina mientras caminas, y hay una energía joven y muy sana en las calles que sorprende gratamente.

Tiene de todo: cafeterías, panaderías, restaurantes, tiendas, mercadillos. Muchísimo comercio, mucho turismo, pero sin perder ese carácter de ciudad que funciona para quien vive en ella.

El transporte público merece mención aparte porque es una maravilla. Montamos en tranvía, en tren y en bus sin ningún problema. Todo puntual, todo limpio, todo bien señalizado. Ámsterdam es de esas ciudades donde moverte es un placer, no una odisea.

El Barrio Rojo de noche se quedó pendiente, el frío ganó esa batalla al final. Pero con lo que vimos de día nos quedamos más que satisfechas.

Estuvimos casi tres días y se nos quedaron un montón de cosas por ver y barrios por recorren a los que no llegamos porque nos perdíamos y nos maravillábamos donde quedábamos. El paseo en barca por los canales se quedó pendiente, y la terraza de la OBA también. Motivos suficientes para volver.

Después de la aventura en Ámsterdam, tomamos el bus nocturno hacia Berlín. Que también tuvo lo suyo.


Si vas a Ámsterdam, apunta esto

  • El Train Lodge Amsterdam es una experiencia que merece la pena aunque solo sea por la anécdota. Reserva con tiempo porque se llena.
  • El Albert Cuyp (barrio De Pijp, abre lunes a sábado de 9:30 a 17:00) es el mercadillo callejero más grande de Europa. Ropa, comida, ambiente: lo tiene todo.
  • La OBA (biblioteca central) es gratis y preciosa. En verano abre la terraza con vistas a la ciudad.
  • El Barrio Rojo de día es mucho más tranquilo de lo que imaginas, pero métete por los callejones si tienes curiosidad.
  • El transporte público funciona muy bien con un pase de día que cubre tranvía, bus y metro. Vale la pena si vas a moverte mucho.
  • El frío en invierno es real. No te confíes aunque hayas estado en otras ciudades europeas frías. Ven preparada.

¿Conoces Ámsterdam?¿Te gustaría? ¿Qué es lo que más te causa curiosidad de esta ciudad?

La reseña de nuestro hostal en Ámsterdam

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