Segundo día en París: Notre-Dame y mucho más
Había una cosa que tenía que ver en París antes de irme: Notre-Dame por dentro.
Ya la conocía de fuera, de un paseo anterior en París. Pero por dentro no. Así que ese fue el primer objetivo del día.
Cogimos el metro con la primera energía de la mañana y llegamos antes del mediodía. La cola para entrar no estaba ni muy larga ni muy corta, lo justo para ir preparando los ojos para lo que venía.
Porque Notre-Dame por dentro es una belleza que no se explica bien con palabras.




Lo que quizás muchos no saben es que esta no es la Notre-Dame de siempre. Tras el incendio de 2019, la catedral estuvo cerrada años y reabrió en diciembre de 2024 completamente restaurada.
Desde fuera había algunos andamios, pero por dentro no se notaba nada. Todo era luz, altura, silencio y una Virgen preciosa que te miraba desde un altar. Recorrimos toda la parte gratuita con calma y sin prisas. La parte de pago, donde están los tesoros, es de pago y la dejamos para quien tenga más tiempo o más curiosidad. Nosotras salimos más que satisfechas con lo que vimos gratis.
Porque olvidé mencionarlo, pero la entrada a Notre Dame es gratis.




Visita al Panteón
De allí fuimos hacia el Panteón. Comimos sentadas frente a él, en esa forma tan europea de hacer del almuerzo un momento mientras descansas y disfrutas del buen tiempo al aire libre.
Al Panteón no entramos, pues la entrada es de pago y en este viaje teníamos claro las cosas que queríamos pagar y visitar. Así que esta no estaba en la lista. Por eso, después de disfrutarlo por fuera, nos fuimos a comprar algo más para merendar y pasamos por el Jardín de Luxemburgo, que quedaba cerca y que nos recibió con bancos, árboles y esa calma que tienen los parques parisinos.
Allí descansamos, hablamos de la vida, de las relaciones, de cosas que solo se dicen cuando estás lejos de casa y el tiempo parece ir más despacio. De esas conversaciones que el viaje regala y que son tan importantes como cualquier monumento.




Paso por la Torre Eiffel
Después del parque y de caminar mucho, cogimos un bus que nos dejaba cerca de la Torre Eiffel, lo mejor es que la vimos llegar poco a poco entre los edificios.
Mi madre la miró, la estudió y fue bastante directa: no le gustaba. Le parecía curiosa, sí. Interesante la historia, de acuerdo. Pero bonita no le resultaba.
Hicimos todo el recorrido por los parques que la rodean. Y en algún momento entre todo eso, sin avisar, empezó una llovizna suave. Y después de la llovizna, el arcoíris.




Ahí estábamos, frente a la Torre Eiffel, con un arcoíris encima. No lo esperábamos, no estaba en ningún plan. Fue de esos regalos que solo da el viaje cuando no estás mirando el móvil.
Ya de noche, nos fuimos a visitar la pequeña Estatua de la Libertad que pocos conocen y que queda a orillas del Sena, y que fue un descubrimiento que me presentó mi amigo Aníbal, en mi primer viaje por París. Posteriormente, entramos a un centro comercial cercano a descansar los pies.




Fue allí que desde lejos, mi madre volvió a ver la Torre. Y algo cambió. Iluminada, con ese destello de luces que hace todos los días en punto durante cinco minutos, la Torre Eiffel es otra cosa completamente. Mi madre quería volver. Así que volvimos.
Pero antes de volver, lo que hicimos fue ir al Arco del Triunfo y comer por esos lados para cargar energía. Luego llegamos de nuevo a la Torre Eiffel y nos tomamos fotos que guardo como favoritas. Paseamos por los alrededores con el frío justo para meter las manos en los bolsillos y el espectáculo de luces justo para no querer moverse.
Una de esas noches que uno sabe, mientras están pasando, que las va a recordar.




Algo que no sé si te conté un poco más a fondo en el otro post de París es los baños públicos. Realmente no suelo usarlos, pero aquí descubrimos los automáticos, que se lavan solos entre cada uso. En teoría, son mucho más limpios y eso se agradece.
En la práctica, tuvimos la experiencia de encontrar uno averiado con la puerta que no cerraba del todo, lo que convirtió una necesidad urgente en una pequeña aventura con más risas que dignidad. Pero lo logramos.
Y el sistema, cuando funciona, es realmente bueno porque cuando haces días largos caminando por la ciudad, el baño público limpio es un lujo que se agradece muchísimo. Y además, es gratis.


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